Continuación de mi cuento: “Meche Combatiente (y MONTONERA)”.
-Palabras: 3.100-
Si bien, el cese de las acciones violentas de la extrema derecha y de la extrema izquierda, era pretendido por la mayor parte de la población, a diferencia de lo que dice la versión de los procesistas, no es verdad que la mayoría festejara el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, por considerar que los militares terminarían con la lucha armada; algunos festejaron, sí, pero la gran mayoría, aceptó pasivamente al nuevo gobierno de facto, y esta pasividad se dio, porque el año anterior, más precisamente, el 4 de junio de 1975, el ministro de economía, Celestino Rodrigo, había implementado un plan económico ultraderechista que popularmente fue llamado: “Rodrigazo”, que implicó una tremenda devaluación, un aumento importantísimo en el costo de los servicios y un límite a los aumentos salariales; esto resultó en hiperinflación, en escasez de artículos de primera necesidad y, a su vez, en protestas generalizadas que desestabilizaron al gobierno de la entonces presidente, Isabel Martínez de Perón; nada de esto fue por casualidad, ya que es de manual para todo golpista, el imponer un “shock” inflacionario previo al golpe, dado que eso lleva necesariamente a un reclamo general de renuncia de quien esté en la presidencia del país, y a la creencia (equivocada, por supuesto) de que cualquier otro gobierno, incluso uno de facto, va a ser mejor que aquel que en curso esté; esto, ya en ese entonces, era algo sabido y estudiado, y así fue que desde el ministerio de economía, ese títere de la burguesía nacional y extranjera, que fue Celestino Rodrigo, creó las condiciones óptimas para el golpe militar que sobrevino en el año ‘76, cuyo objetivo fue el de favorecer los intereses de los mayores concentradores del poder económico.
Herida abierta
El “rodrigazo” fue un golpe tremendo para la economía argentina del cual, el país, aún hoy, no se ha recuperado; basta con decir, para demostrar lo dicho, que en 1975, la pobreza anivel nacional, era de aproximadamente el 5 %, y lo había sido durante más de 30 años consecutivos; con el criterio de medición actual, el porcentaje se duplicaría, o sea, sería del 10 %, y aún así, sería un porcentaje mucho menor que el que empezó a ser a partir del momento referido, y si bien, hubo periodos de notables aumentos y descensos de la pobreza, el promedio de los últimos 50 años, fue en Argentina, del 30 %; esto expone categóricamente que, como ya expresé, del daño que el plan económico de Rodrigo, le hizo al país (y del que la dictadura militar a la que le abrió la puerta, hizo), 50 años después, todavía no nos recuperamos. No obstante esto, los derechistas, con su falta de sagacidad característica, le echan la culpa de todo a la “izquierda”, guerrillera o no, de todos los males del país (y del mundo), sobretodo, del aumento de pobres, mientras ellos apoyan políticas económicas que, por no ser distributivas, sino de concentración de riqueza en ciertos sectores, lleva a que la pobreza, aumente;… Son realmente tontos los derechistas; odian a los pobres, pero apoyan políticas que los multiplican, y en paralelo, a quienes pretenden desconcentrar la riqueza para distribuirla entre los que menos tienen, cosa que llevaría a un descenso del número de pobres, los acusan de ser “comunistas”, “marxistas” (lo sean o no) y “zurdos” (lo sean o no, ya que Perón, cuya política tendió siempre a la distribución equitativa de las riquezas, en pos de favorecer a los sectores más vulnerables, no es considerado de izquierda, siquiera por sus partidarios que de izquierda, se consideran, sin embargo, desde la derecha económicamente liberal… ¡Perón era zurdo y hasta comunista!, aun cuando a los comunistas, Perón, arbitrariamente los haya perseguido);… ...Son muuuuy tontos los derechistas. Tontos, masoquistas y además, extremadamente INFELICES, ya que la tendencia derechista, es elitista, y ser elitista implica despreciar a las mayorías, y está clarísimo para mí, que sin un aprecio importante por la mayoría de las cosas y los seres, no hay felicidad alguna posible.
Meche y Fernando, camino a la posta
Junio de 1975.
Tras los ajusticiamientos montoneros de dos policías, seis gendarmes franchutes y un gerente explotador y entregador de víctimas a la represión (hechos, durante los cuales, fueron también muertos, cuatro montoneros), Meche conducía a alta velocidad una pick-up Ford F-100, con el objetivo de llegar a la posta sanitaria que para esa noche, se había dispuesto para la atención de los posibles combatientes heridos; a su lado se encontraba Fernando, herido de bala en su hombro derecho.
Como en estos casos se recomienda que el herido se mantenga despierto, Meche, notando que éste, parecía a punto de perder la conciencia, le dijo:
-No se me vaya a dormir, compañero, que ya estamos por llegar; a ver: cantemos algo… ¡Aquí están, estos son, los soldados de Perón! ¡Aquí están, estos son, los soldados de Perón! -y viendo que su compañero no se sumaba, tras tocarle una mano, la joven le dijo: -¡Dale! ¡No me dejés cantando sola!
Entonces Fernando, con voz débil, empezó a cantar junto a ella, progresivamente más fuerte:
-Aquí están... estos son… los soldados... de Perón. Aquí están, estos son… los soldados... de Perón.
-¡Bien bien! -dijo Meche; seguidamente dijo: -Otra: ¡Perón presidente, los yanquis que revienten! ¡Perón presidente, los yanquis...
Y el guerrillero, sonriendo levemente, se sumó a su compañera.
-Perón presidente… los yanquis… que revienten; Perón presidente. Los yanquis que revienten.
-¡Buenísimo! -dijo Meche, después dijo: -Una más: ¡Si Evita, viviera, sería montonera! ¡Si Evita, viviera, sería… ¿qué sería?
Y Fernando se sumó.
-Montonera… Si Evita, viviera, sería montonera… Si Evita, viviera... sería montonera…
Y ya no cantó más; entonces Meche volvíó a tocarlo en una mano mientras le decía:
-Ya estamos cerca.
Pero el cuerpo de Fernando se inclinó hacia la puerta; su cabeza quedó de costado apoyada contra la ventanilla; fue entonces que la montonera pasó de tocarle una mano, a tocar su muñeca, y al hacer esto último, notó que su pulso era inexistente, al tiempo que lágrimas empezaban a caer de sus ojos.
No mucho después, frenó el vehículo y a Fernando, ya muerto, le dijo:
-Gracias por todo, compañero -y lo besó en una mejilla.
Una vez en la posta, la niebla
Tras volver a arrancar la camioneta, Meche reanudó su marcha rumbo a la posta sanitaria montonera para dejar el cuerpo de su compañero Fernando, pero no notó que un vehículo, desde una distancia prudencial, la seguía; el mismo era un Ford Taunus y sus ocupantes eran dos miembros de la Triple A, que, a través de “walkie-talkies”, habían sido informados sobre lo ocurrido minutos atrás, en el barrio de Retiro, frente a la embajada de Francia; también les había sido dicho que uno de los vehículos de los guerrilleros, era una camioneta Ford F-100.
Una vez con la camioneta frente al portón, Meche tocó bocina 2 veces, y tras unos cinco segundos, una vez más, como habían convenido los combatientes que harían, con los médicos de la posta sanitaria; inmediatamente, desde el interior, el portón fue abierto y Meche ingresó al inmueble.
Una vez en el lugar, bajó de la camioneta muy conmovida; sus compañeros médicos (Estefanía y Pablo), tras acercarse a Fernando, constataron que estaba muerto.
Entre lágrimas, Meche dijo:
-¡Fue horrible! Yo iba con Tomás en un auto y nos chocó un patrullero; otros compañeros llegaron para rescatarnos, pero fueron impactados por balas enemigas; yo logré responder y causar varias bajas, pero ya era tarde para Tomás y para los demás;… en el caso de Fernando… yo estaba segura de que llegaría a tiempo acá, para que pudieran curarlo, pero la herida que tenía, era mucho más grave de lo que creía.
Ninguno de ambos médicos, supo qué decirle respecto de lo que acababa de contar, por eso pasaron a preguntarle cómo estaba, y ella dijo: -Yo estoy bien.
Sin embargo, en su rostro había sangre seca que había caído desde la parte superior de su cabeza.
Ambos médicos hicieron sentar a la combatiente, y empezaron a curar sus heridas; mientras tanto, en el exterior, más precisamente, en una de las esquinas, a los dos miembros de la Triple A, se habían sumado dos policías que en un patrullero, acababan de llegar, tras haber sido llamados por los miembros de la organización terrorista, ya referida.
Si bien, lo más prudente para los represores, habría sido esperar la llegada de más refuerzos (que no tardarían mucho en llegar), temían que los ocupantes de la posta sanitaria, de un momento a otro, escaparan por alguna vivienda contigua o trasera, de ahí que para asegurarse de que eso no pasara, los dos integrantes de las Tres A, intentaran subir al techo de la vivienda de una casa lateral, cuyo dueño, que había abierto la puerta para salir a comprar cigarrillos, fue empujado hacia el interior por estos dos personajes armados (uno de ellos portaba una escopeta Bataan 71 y el otro, una pistola ametralladora PAM 2; además, cada uno tenía sobre la cintura un revólver calibre 38).
Una vez, ambos represores, dentro de la casa, se encontraron con la mujer del hombre, una nena y dos ancianos (en aquel entonces, los abuelos acostumbraban alojarse en la casa de sus hijos cuando llegaban a cierta edad; no estaba tan difundida todavía la costumbre de sacárselos de encima, metiéndolos a un asilo).
Notando que la familia estaba muy nerviosa, uno de los represores dijo:
-No se preocupen; nosotros somos los buenos.
Su correpresor, dijo:
-Ni bien matemos a los subversivos que están al lado, nos vamos.
Los represores salieron al patio y le pidieron al padre de la familia, una escalera, éste dijo que tenía una en el galpón, y junto a uno de los represores, hacia el mismo se dirigió; entre los dos, la agarraron y la dispusieron contra una pared; una vez hecho esto, los dos terroristas de estado subieron al techo de la casa y se separaron.
Uno de los represores fue hacia el extremo del techo que lindaba con el patio de la casa que funcionaba como posta sanitaria montonera; el otro, fue hacia el otro extremo, que daba a la calle, no sólo por si los montoneros intentaban salir por el frente de la vivienda, ya que de ellos, en tal caso, se ocuparían los policías que se encontraban en el patrullero, sino además, porque desde ahí podría ver si algún vehículo guerrillero, se acercaba.
Desde el lugar más cercano al patio, el represor de la Triple A, que portaba la Bataan 71, vio a Estefanía salir en busca de algo y rápidamente, volver a ingresar a la casa; segundos después, vio a Pablo hacer lo mismo; si bien, el represor no lo advirtió, porque Pablo disimuló muy bien, éste último había advertido la presencia de alguien en los techos, fue por eso que una vez en el interior del inmueble, se lo comunicó a Meche, y ella rápidamente se acercó a una ventana desde donde pudo ver al represor de la escopeta, sin ser por él, vista (la niebla que había empezado a extenderse por el área, contribuyó a que el represor no tuviera una visión del todo clara); a su vez, escucharon al otro sicario caminar sobre el techo.
De inmediato, la guerrillera sacó la pistola que a uno de los policías muertos, en el hecho de hacía un rato atrás, había pertenecido, y tras sacarle el seguro y retraerle la corredera, le dijo a sus compañeros médicos que prepararan las armas que tuvieran (cosa que hicieron); después se acercó a la puerta que conducía al patio, a la cual, su compañero Pablo, había dejado entornada, y desde ahí pudo ver al represor de la Bataan, salir de su agazapamiento al levantarse, mientras le hacía una seña con su mano izquierda a su correpresor que en ese momento se encontraba en el borde del techo de la casa que oficiaba de posta sanitaria, del lado de la calle, para que se acercara, ya que deseaba comunicarle que sabía cuántas personas había en el inmueble, pero ni bien hizo esto, apuntando la pistola que empuñaba contra él, Meche tiró del gatillo tres veces; quiso disparar una vez más, pero, por algún motivo, el arma se trabó y no pudo hacerlo, no obstante, no hizo falta, porque sus tres disparos fueron certeros, de ahí que el represor cayera de inmediato al patio, herido de muerte; a su lado quedó su escopeta; entonces Meche, por necesitar de dicha arma, soltó la pistola que ya no le funcionaba, y con lavelocidad de un rayo, fue hasta donde el arma larga había quedado caída, la agarró, y le retrajo la corredera, mientras casi corriendo, fue a ocultarse tras una cocina vieja que en el lugar, había; a todo esto, el represor que había sido llamado por su compañero al cual, había visto recibir los impactos de bala y caer al patio, se acercó con su ametralladora al borde del techo, y contra el sector izquierdo del patio en que Meche estaba, desató una tremenda ráfaga (mientras tanto, se escucharon disparos y una explosión, en el exterior), ya que estando (desde su perspectiva) su compañero caído, en el lado derecho, claro estaba para él, que los disparos habían procedido de la posición opuesta, y así había sido, y como Meche había sido entrenada para suponer lo que sus enemigos, podrían a su vez, suponer, tras disparar, resolvió permanecer por algunos instantes en el sector derecho del patio, y por eso no fue alcanzada por las balas; tras la ráfaga, cesar, la combatiente agarró una piedra del piso, y la arrojó hacia delante, golpeando la puerta del galpón que, cruzando la casa, se encontraba; esto resultó en que el represor volviera a desatar una ráfaga, esta vez, hacia delante de donde él estaba, que no fue de más de cinco disparos, porque antes del sexto, Meche, que se había posicionado en diagonal a él, pero muy cerca de estar con él, en línea paralela, disparó dos veces en su contra, llevándolo a caer al piso del patio, frente a ella, boca arriba; tras apuntar nuevamente el arma contra el represor, que no estaba muerto pero sí, malherido, Meche lo remató de un disparo en la cabeza; seguidamente dejó la escopeta en el suelo, y agarró el revólver que vio que el tipo tenía en su cintura, lo guardó sobre su propia cintura trasera, y después empuñó la PAM 2, que junto a su ultimado, había quedado.
A todo esto, los policías del patrullero que se encontraba en la calle, nada pudieron hacer, porque muy poco después de que se iniciaran los disparos, un Torino en que viajaban tres montoneros que se dirigían a la posta sanitaria, apareció, y dos de sus ocupantes, armados con ametralladoras Halcón, tras bajar del vehículo, abrieron fuego contra el auto policial (que era un Ford Falcon), matando a sus dos uniformados; acto seguido, uno de los combatientes arrojó una granada de mano hacia el interior del Falcon, que de inmediato, detonó; a este hecho correspondieron los disparos y las explosiones que tanto Meche como el represor de la PAM 2, habían escuchado cuando estaban por enfrentarse.
La niebla se disipa
Los médicos Pablo y Estefanía, no participaron de los enfrentamientos, por ser milicianos, lo cual significa que tenían instrucción en el manejo de armas, pero era muy escasa (a diferencia de Meche, que era una de las combatientes mejor preparadas y más peligrosas de América), fue por eso que se mantuvieron expectantes, pero habrían intervenido de haber hecho falta, sin embargo, ninguna falta hizo, porque de los dos represores de la Triple A, MARAVILLOSAMENTE BIEN, Meche se había ocupado, y de los del patrullero, MARAVILLOSAMENTE BIEN, se habían ocupado los montoneros del Torino.
Los montoneros del Torino, no estaban ahí por casualidad, ya que eran los combatientes que, tras ser solicitada su presencia durante los hechos que un rato antes, habían tenido lugar, frente a la embajada de Francia, no habían acudido por haberse averiado el “walkie-talkie” que poseían; al darse cuenta de que el mismo, no estaba andando bien, se dirigieron hacia la posta sanitaria para saber si alguno de sus compañeros había sido ahí llevado, tras los disparos que desde la distancia, habían escuchado; no obstante haberse percatado de que en las inmediaciones de la embajada ya referida, un hecho de fuego, había tenido lugar, no pudieron acercarse mucho al mismo, porque cuando lo intentaron, vieron a muchos patrulleros dirigirse hacia allá.
Pablo, a través de una ventana, vio al patrullero en llamas y a sus dos ocupantes, muertos en su interior; también reconoció a los montoneros del Torino, y le dijo entonces a Estefanía y a Meche, que se quedaran tranquilas, ya que los compañeros del exterior, habían eliminado a la amenaza policial.
Seguidamente, no sin temor, Meche dejó sobre una silla la ametralladora que empuñaba y, acercándose a la puerta de calle, empezó a gritar: -¡Compañeros! ¡No tiren! ¡No tiren!
Seguidamente abrió la puerta y los dos montoneros que estaban del otro lado, la reconocieron y bajaron sus armas.
Meche dijo que sería mejor que tanto ella como Pablo y Estefanía, se fueran en la Ford F-100, y hacia la misma fueron, ella y la médica; Pablo abrió el portón y, tras la pick-up, salir, la abordó y salieron del lugar a alta velocidad, escoltados por los tres combatientes del Torino.
Una vez hechas varias cuadras, cada vehículo dobló en direcciones opuestas.
No habían pasado siquiera 20 segundos desde que los montoneros se fueron del lugar, cuando tres patrulleros policiales y dos vehículos militares, rodearon la manzana de la vivienda que oficiara como posta sanitaria.
Posdata:
Le pregunté a Estefanía (que fue quien me contó la historia, varios años atrás), cómo pudo ser, que durante los enfrentamientos entre Meche y los terroristas de las Tres A, no hubieran llegado muchos policías y militares (estos últimos, ya en 1975 tenían facultades policiales otorgadas por la presidente y patrullaban muchas ciudades del país, incluyendo la capital), y me dijo que fue por falta de tiempo, ya que si bien, contar estos hechos, toma un rato relativamente largo, los mismos se sucedieron muy velozmente; literalmente dijo: “Fue todo muuuy rápido.”
Posdata: 2
Yo suelo poner direcciones exactas de los lugares en que se sucedieron los hechos setentistas guerrilleros que relato; deberán disculpar que en esta oportunidad, no lo haya hecho, debido a que Estefanía no pudo recordar con exactitud en dónde estaba ubicada la posta sanitaria; sólo logró recodar que se encontraba en el barrio de San Telmo.


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