viernes, 8 de diciembre de 2017

Lo sagrado (cuento) - Martín Rabezzana


   Se decidió a escribirle una carta de despedida que decía más o menos lo siguiente:
   "Vos… que según TU propia opinión (no la mía) siempre fuiste tan viciosa, tan reventada, tan superficial, tan concheta indolente y despreciable, tan puta (todas estas son tus propias palabras), justo ahora te querés rescatay hacer las cosas bien yendo despacio para poder así valorar y respetar a ese algo sagrado que tantas veces no reconociste como tal y lo consideraste dable a cualquiera quedándote después vacía interiormente, y ese cambio era parte de un todo que incluía limpiarte más allá de lo físico, y yo lo entendí perfectamente y no lo consideré malo, hasta sentí que te estabas convirtiendo en una persona más hermosa física y espiritualmente de lo que ya eras, pero justo cuando finalmente era el momento correcto, ya no lo era más por las demás personas involucradas que saldrían heridas… y es raro pero es así: cojiste con él y no conmigo y aunque yo lo envidie por eso, él me tendría que envidiar a mí porque a él no lo querés y a mí sí… te me diste como no te diste a otros (así lo expresaste vos misma) pero a otros te diste como no te diste a mí... lo que es para mí una fortuna, es a la vez, desgracia."
   Entonces hizo una pausa para leer lo escrito y se arrepintió de la carta, por lo que estrujó el papel y lo tiró al cesto.
   Ese mismo día pidió permiso en el establecimiento al que asistía para dirigirse a la parte superior y le fue concedido; se quedó más o menos una hora en la terraza con la sola compañía del cartón de tinto que transportaba en una mochila cuyo contenido ingirió en su totalidad.

   No era temprano ni tarde; no hacía frío ni calor; sentía el sinsentido del todo; sentía náuseas, sentía mareo por el alcohol consumido y sentía la necesidad de acercarse al vacío, entonces fue hasta el borde de la terraza deseando morir, destruirse, desaparecer, desintegrarse, aniquilarse, borrarsesuprimirse… deseando no ser presente, deseando ser pasado, deseando no ser, deseando no haber sido nunca, deseando no haber nacidodeseando no renacer;,,, y no saltó.

   Unos veinte años después escribiría al respecto.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Cuchillerismo en Barracas al Sud (cuento) - Martín Rabezzana



   No valía clavar, sólo cortar, y sólo el rostro y las manos; el duelo era ganado por el mejor de tres cruces y de tres fases, es decir, cuando un cuchillero hería dos veces a su rival, ganaba la primera fase, después venía la segunda, la cual tenía las mismas reglas que la primera, y quien ganara dos fases, era ganador del combate.
   El cuchillerismo, que había empezado como un medio para dirimir problemas personales, terminó siendo además una práctica deportiva que en el Buenos Aires de principios del 900, era aun más popular que el boxeo.
   Los cuchilleros se iniciaban en algún café marginal al que asistían personas de clase media baja y baja que además de contemplar el espectáculo, solían apostar por uno de los deportistas.
   Era tanta la gente que se reunía en los cafés para ver a los cuchilleros afamados, que tales establecimientos les solían quedar chicos, entonces eran contratados por boites que les pagaban una buena suma de dinero por cada encuentro, y cuando los cuchilleros convocaban gente al punto que hasta las boites les quedaban chicas, eran contratados por empresarios importantes y hasta por mafiosos para amenizar sus fiestas privadas; este fue el caso de Valentín Alberti de veinte años, que tras ganar numerosos combates a cuchillo realizados en cafés y boites, fue contratado por un tal Juan Ruggiero (más conocido como Ruggierito) para batirse en una quinta de su jefe Barceló, quien era intendente de Avellaneda, barrio que, no obstante llamarse oficialmente así desde principios del siglo veinte, seguía siendo llamado popularmente por su antiguo y romántico nombre de Barracas al Sud.
   El nombre Ruggierito actualmente a la mayoría no le dice nada, pero en aquella época su sola mención infundía miedo ya que le correspondía a un temible hombre del hampa y la política.
   La noche del combate, Ruggierito mandó a un chofer a buscar a Valentín Alberti en un auto lujoso a su humilde casa; el cuchillero subió a la parte trasera del mismo en que una mujer muy bonita y elegantemente vestida (una milonga fina), lo esperaba con una sonrisa; Valentín ya se sentía campeón mundial.
   Al llegar a la quinta del intendente Barceló en Barracas al Sud, él mismo recibió al cuchillero muy cordialmente y le dijo que se sintiera como en su casa, lo cual no le sería posible ya que su modesto hogar arrabalero se constituía por una familia obrera que nada tenía que ver con el lujo allí ostentado, sin embargo, ya empezaba a sentir que a ese mundo de glamur al que por primera vez accedía, estaba destinado a pertenecer.
   En la quinta de Barceló se realizaban fiestas en las que abundaba el juego, la prostitución, las drogas, el tango y el champagne, y él, imaginándose ya vencedor de numerosas contiendas a cuchillo por venir, estaba seguro de que sería el rey del lugar todas y cada una de las noches en que combatiera.
   Ruggierito se le acercó y lo saludó muy efusivamente.
   -¡¿Qué hacés pibe?! ¡No sabés las ganas que tengo de ver tu pelea!
   A lo que Valentín dijo:
   -¡Gracias! Estoy muy contento de estar acá -y al ver en una pared una foto de Gardel con el intendente, le preguntó emocionado:- ¿Va a venir el morocho hoy?
   -Noooo… hoy no, pero si te seguís luciendo en tus combates como yo ya te vi lucirte, seguro que va a venir a verte.
   -¿En serio?
   -Por supuesto que sí; Carlitos es amigo mío, lo conozco bien y sé que le encantaría verte pelear… Bueno, te dejo por ahora; tomá unos tragos y divertite con las minas que falta un rato largo para la pelea; ¡chau!
   Valentín le hizo caso y fue a sentarse a una mesa junto a la mina con la que había llegado; ella le ofreció una copa de champagne y él la tomó; después la mujer le ofreció un cigarrillo que él creyó de tabaco y lo fumó;… no era de tabaco;… le gustó; sintiéndose ya desinhibido, lentamente se acercó a ella y la besó en la boca.
   En la mesa de al lado había otra flor de noche empleada del lugar; era una negra hermosa de esas descendientes de esclavos que abundaban en este país hasta principios de la primera década del siglo veinte cuando grupos de derecha cobardemente diezmaron de forma sangrienta a dicha población argentina; una mujer así, quedando ya pocas allá por los años veinte, era una joya que, por rara, era más preciada que nunca.
   La llamó con una seña y ella sonriendo se acercó hasta su mesa y se sentó a su lado; sin decirse nada, se besaron, y ese beso de lengua que lo hizo sentirse el hombre más afortunado del mundo, decidió interrumpirlo para iniciar otro con la anterior mujer; a su vez interrumpió ese beso con la mujer blanca castaña para volver a besar a la mujer negra; alternó entre los besos de ambas mujeres durante un rato y a los mismos a su vez los alternaba con tragos de champagne y humo de marihuana, y si bien las mujeres lo invitaron a ir a otro lugar de la residencia para intimar, decidió dejar el acto sexual con ellas para después del combate por presentir que el mismo le restaría energía.
    Tras muchos besos, muchas copas de champagne, muchos fasos, muchas risas y muchos malos pasos de tango dados en compañía de ambas mujeres delante de los músicos que ante ellos tocaban, llegó la hora de la contienda.
   Valentín Alberti fue conducido hasta un extremo del salón en donde se realizaría el combate y le fue dado un cuchillo, entonces llegó su rival que se puso en guardia frente a él esperando que el árbitro anunciara el comienzo de las hostilidades.
   Por haber festejado anticipadamente una victoria aún no obtenida, Valentín estaba mareado, su rival, en cambio, estaba en perfecto estado, por lo que cuando la pelea se inició, éste último lo hirió en la mano sin dificultad; el árbitro los separó, los instó a ponerse nuevamente en guardia (como dictaban las reglas que debía hacerse tras cada hachazo) y ordenó que se reanudara la contienda; el resultado del segundo cruce fue el mismo, pero esta vez Valentín fue herido en el rostro, tras lo cual se sintió más herido en su interior que en su desangrante exterior ya que su récord de invicto estaba en peligro; por suerte había sido sólo la primera fase y la pelea la ganaría el mejor de tres; tras el descanso de un minuto vendría la segunda fase y tendría la oportunidad de ganar, y, de lograrlo, accedería a una tercera fase de desempate.
   Durante el descanso Ruggierito se acercó a Valentín y le dijo:
   -¿Qué pasa pibe? ¡No me decepcionés!
   -¡No no! La segunda fase la gano seguro.
   -¡Así me gusta! ¡Dale que vos podés!
Carlos Gardel y Juan Ruggiero (Ruggierito)
   La segunda fase del combate se inició y Valentín logró infligirle un hachazo en la mano a su rival, ante lo cual Ruggierito gritó:
   -¡Vaaamooo piiiibeee!
   Sin embargo en el siguiente cruce su rival volvió a cortarlo en la mano y en el siguiente, otra vez en el rostro, lo cual lo convirtió en ganador del combate.
    Fue tal la humillación sentida por Valentín Alberti y la frustración por la certeza de haber perdido, además de la pelea, su lugar en ese paraíso ficticio, que al ver a su rival festejando la victoria, lo embistió por detrás y trató de golpearlo, por lo cual varios empleados de seguridad del lugar lo golpearon a él muy violentamente dejándolo inconsciente.
   Ruggierito se le acercó y con lástima le dijo:
   -¿Qué hiciste pibe?
   Tras lo cual le ordenó a los de seguridad que se lo llevaran y le prohibieran en el futuro el acceso al lugar.
   Valentín había sido desterrado del paraíso de utiliería al que había deseado pertenecer.
   Los matones del intendente lo subieron a un auto y lo dejaron tirado en medio de una calle desolada; afortunadamente en aquellos años veinte la cantidad de autos era muy escasa por lo que pudo permanecer en el suelo varias horas sin ser atropellado; después logró levantarse y, todo roto, cortado y humillado, caminó lentamente hacia su casa; una vez en la misma, su familia (padres, hermanos y hermanas) lo cuidó con el mayor de los afectos, entonces se dio cuenta de que ése era el paraíso verdadero del que nunca querría salir y al que no estaría reconociendo como tal de haber ganado la pelea, y ya no lamentó haberla perdido.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Noel (cuento) - Martín Rabezzana


   La única novia en serio que tuve en mi vida se llamaba Noel (María Noel).
   Ella me arrastró a su positiva negatividad cuya intensidad fue tal, que no puedo evitar tenerla presente cual si aún estuviera conmigo.
   Tras un tiempo de dolorosa felicidad, me dejó. Poco después me dijeron que se había suicidado; tenía veintitrés años.
   Era una chica muy rara; estaba por momentos increíblemente alegre, se reía de cualquier cosa y al minuto siguiente hablaba de suicidarse; un día me dijo:
   -¿Cómo podés estar conmigo? ¡Soy horrible!
   -¡No! ¡Sos hermosa! -dije yo.
   -Sé que le gusto a los hombres, pero yo no te hablo de eso, sino de lo que soy como persona... ...Tendrían que haberme abortado.
   Ese autodesprecio la llevó a ser adicta a la cocaína; ella quería que yo tomara también, pero si bien siempre me interesaron las drogas, no era algo que quisiera compartir con ella; un día le tiré la droga y me dejó de hablar por semanas; nunca más volví a intentar algo así. Seguí viendo como se destruía delante de mí sin decir nada.
   Un día mientras tomaba cocaína le empezó a sangrar la nariz. Yo tomé papel higiénico e intenté detener el sangrado. La sangre era demasiada y me empapó la mano.
   La conocí una tarde de 1998; yo iba a las escuelas secundarias a la hora de la salida a tratar de levantarme minas. Un día de mayo la vi; era una hermosa chica de diecisiete años, pálida y morocha. Le dije:
   -Hola. ¿Querés hablar conmigo un rato?
   -¡Sí! -me dijo con una sonrisa.
   Caminamos durante una media hora. Hablamos de todo. Ella me encantó y creí que yo también le gustaba a ella; le pedí su número pero no me lo quiso dar.
   -Anotá el mío -le dije.
   -Bueno -me contestó.
   No volví a saber de ella por cuatro años. Un día del año 2002 me llamó por teléfono.
   -Hola, soy Noel, ¿te acordás de mí?
   -¡Sí! ¡Me acuerdo de vos! -le contesté.
   -¿Tenés algo que hacer esta tarde?
   -No.
   -¿Querés venir a mi casa?
   -¡Sí! Pero, ¿por qué me llamás después de tanto tiempo?
   -Te dije que te iba a llamar y como ves: cumplí. ¡Mejor tarde que nunca! No tengo a nadie con quien hablar; ¿venís o no?
   Le dije que sí y me dirigí a su casa.
   Ella era toda una mujer; trabajaba y vivía sola. Yo en cambio aún llevaba una vida más de adolescente que de adulto.
   Hablamos cerca de una hora, de pronto se calló y me besó. En ese momento empezó mi relación con ella.
   No era una chica fácil, me lo dio a entender ese mismo día; semanas después tuvimos relaciones.
   Ella era muy popular, tenía muchos amigos, tenía buena onda con todos. Era imposible para cualquier hombre que gustara de las mujeres no quererla; yo era consciente de que tenía la clase de novia que la mayoría sueña con tener y no tiene siquiera una vez en la vida.
   Una vez estábamos borrachos (yo escabiaba a morir en esos días) y ella tomó una botella, la rompió contra el suelo y empezó a cortarse, yo agarré el vidrio y lo tiré al piso.
   -¡¿Qué hacés?!
   -Me tranquiliza -me contestó calmadamente.
   Hay un nombre para eso que la llevaba a lastimarse así pero no lo conocía entonces, sólo sabía que la chica a la que quería gustaba de hacerse daño a sí misma.
   Ella y yo realizábamos salidas comunes a lugares comunes y su sola presencia volvía a la situación más ordinaria, extraordinaria; la idea a la que siempre había despreciado de tener una vida normal compuesta de los simples lujos de la gente más simple ya no me parecía propia de personas limitadas o fracasadas, sino realizadas, por lo que dejé de despreciarla y empecé a anhelar tenerla con ella.
   La historia entre nosotros siguió teniendo lugar con la intensidad propia de lo que llega para no quedarse más que en los recuerdos más presentes que el mismo presente; el poder de una positividad efímera es muchas veces mayor que el de un pasar positivo sostenido a través de años; esa esencia cálida y sufrida que ella tenía me envolvió de tal forma, que hasta hoy sigo esperando volverla a encontrar en otra mujer, y en esto no se puede más que esperar ya que no se trata de algo que uno pueda encontrar al buscar, sino de una cosa que llega como una aparición divina procedente de lo más íntimamente deseado por un espíritu sufriente.

   Un día estábamos en su casa y sentí que la intensidad de lo con ella vivido era demasiada como para ser duradera, por lo que estaba seguro de que se acercaba algo que nunca habría querido que tuviera lugar; su expresión presentaba un halo de dolorosa bondad; hablaba cual si intentara encontrar respuestas a sus preguntas en las propias palabras; estaba evidentemente triste y tras un par de horas de incomprensión de mi parte, le pregunté:
   -¿Cómo puedo ayudarte?
   -Nadie puede ayudarme. Vos podés quererme y estar conmigo pero mi futuro es el suicidio... ...Va a ser mejor que la cortemos acá.
   Ella me estaba rompiendo el corazón; había en su mirar una profunda claridad que denotaba lo pensado de sus palabras; no había en las mismas siquiera un atisbo de visceralidad que me hiciera sentir que había la más mínima posibilidad de hacerla revertir su decisión de dejarme, por lo que me limité a decirle con resignación lo más positivo y a la vez menos poderoso que le pude decir:
   -¡Yo te amo, Noe!
   -Yo también te amo, pero no puedo cambiar.
   Me besó con la profunda compasión propia de quien quiere reparar un daño causado; me acarició y tras unos segundos en que nos miramos en silencio, me fui.
   Tres semanas después estaba muerta.

   Ella fue la criatura más hermosa que conocí en mi vida... Todavía la extraño.

miércoles, 25 de octubre de 2017

La intensidad en primavera (cuento) - Martín Rabezzana


   Era un 21 de septiembre de principios de los años noventa; uno de los pocos días de inicio de primavera en que no llovió (en realidad, la mayoría de dichos días no llueve, pero parece que sí lloviera porque cuando pasa se lo remarca mucho más); un grupo de adolescentes compañeros de escuela salía a festejar dicho día al igual que miles de otros jóvenes de este país ya que a su vez el mismo es también el día del estudiante; en el grupo había cinco chicos y seis chicas; una de las chicas se hacía llamar Brenda y no todos sabían que en realidad se llamaba Pamela y que había decidido cambiarse el nombre debido a una publicidad de pan dulce homónimo que inspiraba parafraseos graciosos (aun para ella misma) al principio, pero insoportables por excesivos muy poco tiempo después.
   Uno de los chicos del grupo se llamaba Iván y gustaba de ella; ella a su vez gustaba de él.
   El grupo de jóvenes pasó un mediodía feliz en una plaza del sur del Gran Buenos Aires en medio de comida sencilla, insalubre y rica transportada por ellos mismos.
   Ese día Brenda e Iván se miraron como la mayoría vio a dos personas mirarse sólo en las publicidades románticas de cigarrillos de los años ochenta, las cuales (como toda otra representación artística del romance) muchos creen que dan una imagen totalmente idealizada y falaz del mismo por considerar a tal nivel de pasión, inexistente en la realidad por el hecho de ellos nunca haberlo vivido, pero yo sé que esas escenas idílicas existen en la realidad por más que tampoco las haya vivido porque las he visto en vidas ajenas.
   La tarde empezaba y la muy concurrida plaza ya había empezado a ver disminuido el número de personas; el grupo de adolescentes salió de la misma y se dirigió a la estación en donde cada uno tomaría el colectivo de vuelta a su casa.
   Mientras transitaban una zona de casas importantes, un empleado de seguridad del área, no pudiendo soportar las expresiones de alegría procedentes de los jóvenes, los paró y los interrogó; les preguntó estupideces como: "¿qué están haciendo? ¿De dónde vienen? ¿Por qué hacen escándalo?"; les revisó las pertenencias entre las que no encontró más que algún resto de sánguche, algunas papas fritas y gaseosas y después les pidió los documentos, ante lo cual, sin ninguna agresividad en su voz, Iván le dijo:
   -Usted es de seguridad privada, no es policía. No puede pedirnos documentos ni…
   Entonces el matón lo agarró de la remera y exclamando: "¡pendejo de mierda!", le dio varios cachetazos; sus compañeros permanecieron inmóviles, en silencio y con mucho miedo, y no era para menos ya que poco hacía que había concluido la dictadura y quienes formaban parte de las fuerzas de seguridad de la "democracia" (incluso de las privadas) eran mayormente los mismos que habían estado reprimiendo a gran escala poco tiempo atrás, lo cual significa que se trataba de gente muy peligrosa cuyo accionar arbitrario era legal ya que los edictos policiales todavía en vigencia le permitían al personal policial detener sin motivo a cualquiera.
   Después de golpear a Iván, el tipo dijo:
   -¡Bueno; vayansé pendejos! ¡Tomenselás!
   El grupo de adolescentes siguió su camino llevando consigo un recuerdo horrible e imborrable infligido por una persona que por no haber podido alcanzar la felicidad dedicó gran parte de su vida a destruir la de los demás.
   Iván rememoraba la escena vivida y pensaba que debería haber enfrentado a su agresor; los demás lo habrían secundado de haber hecho falta, pero también pensó que a la larga sería peor ya que podrían volver a encontrarse con él;… Imaginó que volvía a su casa, tomaba la escopeta que su padre tenía sobre el armario y salía a buscarlo; el tipo se asustaría, le pediría perdón y… pero inmediatamente se dio cuenta de que ese plan (como cualquier otro de venganza) era una fantasía que nunca haría realidad, entonces, al dolor, al odio, a la vergüenza y a la humillación que sentía, se sumó la frustración;… tendría que resignarse a cerrar ese capítulo de su vida y seguir adelante lo mejor posible.

   El colectivo en el que Iván se iría a su casa fue el primero en llegar; había una larga cola para subir al mismo, lo cual le dio al grupo la oportunidad de despedirse de él sin apuro; la última en despedirse fue Brenda que, debido a la circunstancia dolorosa recientemente atravesada por todos (sobretodo por Iván), sintió que era apropiado acercársele y reconfortarlo con un contacto que por la escasa confianza que había todavía entre ellos, en otro momento no habría sido del todo correcto por apresurado; lo acarició en el rostro, lo besó en la mejilla y lo abrazó; entonces Iván derramó las lágrimas que hasta ese momento había estado reprimiendo producto de un dolor que en gran medida estaba siendo neutralizado por el gesto en curso de Brenda, del cual, minutos después se preguntaría si había sido por lástima o por amor; el tiempo le demostraría que había sido por lástima, por amor, por atracción sexual y por sueños de una vida juntos… …Esa caricia en el rostro, ese beso en la mejilla y ese abrazo, crearon en los dos un bienestar mucho más profundo, fuerte y duradero que el mejor beso de lengua, sexo oral o de penetración que pudieran haber tenido.
   Poco antes de separarse, él le dijo:
   -Pamela…
    Ella sonriendo dijo:
   -¡Sabés mi nombre!
   -Sí; ¿te molesta que te llame así?
   -¡No no! Para nada.
   Él se despidió.
   -Chau.
   -Chau -contestó ella y sus demás compañeros.
  
   Una vez en el colectivo, Iván racionalizó que el recuerdo de ese día no sería totalmente negativo ya que lo positivo del mismo había sido también muy fuerte.
   Estaba revolucionado en su sentir y no supo sino hasta mucho tiempo después que aun lo malo que había experimentado ese día formaba parte de una intensidad en el vivir absolutamente envidiable que probablemente nunca volvería a sentir en el curso de su existencia, y durante la misma serían muchas las veces en que anhelaría volver a sentirla, ya que tal intensidad es lo que hace a una vida digna de ser considerada bien vivida.