jueves, 8 de junio de 2017

En la placita de por ahí (cuento) - Martín Rabezzana


   En una placita de por ahí, la mina le pasó un mate y él lo tomó, tras lo cual, con claridad y firmeza en la voz, sentenció:
   -El grado de éxito y de fracaso de una persona se puede medir en base a la cantidad de anécdotas vividas que tenga dignas de ser contadas en una reunión.
   Ella lo miró unos segundos en silencio y después le dijo:
   -Tiene sentido, pero me habías dicho que el grado de éxito y de fracaso de una persona se puede medir en base a la frecuencia con que se queja… entonces; ¿cómo es?
   Él la miró y se dio cuenta de que tal concepto que había olvidado también era sensato; le dijo:
   -Ah, ssssseee;… me parece que esto último lo tengo que modificar…. Ahora me parece que lo que se puede medir en base a la frecuencia con que uno se queja es el grado de bienestar y de malestar que experimenta, ya que el éxito personal, para mí va por el lado de "vivir" en el sentido no literal, y cosa tal implica pasar por cosas buenas y malas ya que las malas experiencias también forman parte de una vida bien vivida, y una vida exitosa es una vida bien vivida.
   ¡La puta madre! ¡Tenía respuesta para todo! Pero… ¿de qué carajo le servía? No lo ayudaba en nada a tener una vida bien vivida, de hecho, hacía ya mucho había advertido que el desarrollo intelectual que se sucede con la formación cultural no sólo no mejora la calidad humana y que hasta la empeora, sino además que los grandes razonamientos intelectuales proceden del fracaso del no vivir, y esto no todos lo advierten ya que es común que haya quienes se jacten de su intelecto y menosprecien a quienes son supuestamente subdesarrollados en ese aspecto sin darse cuenta de que al hacer eso están exponiendo una pobreza de vivencias que los muestra como personas fracasadas, y alguien que en su vida fracasa, ¿de quién se puede burlar?...  Vanagloriarse de haber leído en vez de hacerlo por haber vivido, es ridículo, y esto es común que lo hagan quienes se consideran intelectuales… ...Por lo ya expuesto digo que los intelectuales, salvo casos excepcionales, son personas fracasadas, por lo que jactarse de ser intelectual es básicamente jactarse de ser un forro.
   El silencio es lo que siguió y su conciencia de que todos esos razonamientos intelectuales eran inútiles y lo mejor era suspenderlos.

   Se sirvió otro mate y lo tomó, después, en silencio saludó a la mujer con la mano y ella respondió de igual forma, tras lo cual, se levantó y se fue de la placita.

lunes, 5 de junio de 2017

La residencia de artistas (cuento) - Martín Rabezzana


   La acomodada mujer de cierta edad lo vio y se asustó, lo cual lo hizo sentirse muy mal ya que es humillante causar miedo cuando no se lo pretende, y por eso, y viendo la vestimenta cara que la mujer tenía, pensó que sería soberbia, lo cual habitualmente uno piensa del otro cuando por el otro se siente menospreciado, pero si uno hace una pausa, busca reflexionar y tener una visión global de este tema, puede llegar a concluir que lo que lo lleva a uno a atribuirle al otro una creencia de superioridad, es el propio sentir de inferioridad, de lo cual el otro a veces participa pero nunca es causante, y el miedo que la mujer sentía de alguien de apariencia marginal como él, no era causado por la soberbia sino por el desconocimiento, y ante alguien carente de algo, ya sea en lo material o en lo que a conocimiento refiere, más que resentirse, lo lógico y sensato es compadecerse.
   Hay un mudo (Gonzalo Giles) que tiene un programa de radio en el que se expresa con palabras amplificadas desde su teléfono que tiene tatuada una frase con la que él se habría sentido identificado en ese momento; es más o menos así: "a los que se burlan y a los que me tienen miedo: no saben quién soy".

   Al rato, mientras ella esperaba vaya uno a saber qué o a quién (ya que estaban en una estación de subte y al subte ella no lo esperaba), lo vio darle una limosna a una persona necesitada, entonces su mirada temerosa hacia él desapareció y tristemente sonrió; después se le acercó y le extendió un librito; él sonrió y dijo:
   -Gracias. –Miró el libro y dijo: -¡Ah! ¡Le voci sacre del maestro!
   -¿Hablás italiano? –dijo sorprendida, ya que con esa caripela y la pilcha que tenía (era casi una postal del año 2001 recién concluido), ella no habría dado ni dos mangos porque hablara bien siquiera castellano.
   -¿Y francés?
   -Un petit peu (un poquito);… …Dicono sia un capolavoro; la ringrazio (dicen que es una obra maestra; le agradezco).
   Mientras esperaban, él le expuso sus conceptos sobre lo inexistente del bien y el mal, sobre la necesidad del sentir de igualdad para que exista la paz, a lo cual, según él, el amor se opone ya que siendo mayor el valor que uno le da a aquellos por quienes lo siente, el sentir de igualdad hacia los seres queda anulado, y otras ideas; estos conceptos de carácter filosófico que para él mismo serían años más tarde carentes de toda importancia, a ella parecieron interesarle mucho, por lo que le sugirió:
   -Tendrías que escribir un libro con todo eso.
   -Es lo que estoy haciendo.
   -Ah. ¿Sos escritor?
   Él sonrió ligeramente en silencio.
   Hablaron unos minutos más y tras él decirle que estaba pasando por dificultades económicas y no tendría pronto ni dónde vivir, ella anotó en una agenda dos direcciones, arrancó la hoja y se la dio; le dijo:
   -Si necesitás dónde vivir, acá podés quedarte un tiempo gratis; son residencias de artistas; elegí la que quieras y usá la estadía para terminar tu libro.
   -Él miró el papelito con cierta desconfianza y le preguntó señalando una de las direcciones que no era la del norte del gran Buenos Aires:
   -¿Esta dirección es del sur?
   Ella asintió.
   Él dijo:
   -Yo iba a un club cerca de ahí cuando era chico… -y en tono melancólico agregó: -me acuerdo de las piedras chiquitas en la extensa entrada, de cómo crujían al pisarlas y me acuerdo de que al tratar de conciliar el sueño me venían a la mente dunas de arena y de esas piedras… una imagen muy agradable… Siempre me pregunté cómo serían esos predios cerrados que hay por ahí… el colegio pupilo (el St. George), los hosteles… pero a mí ni me dejarían entrar.
   Ella dijo:
   -Decime tu nombre y aviso que te dejen entrar.
   Él la miró sin dudar de que fuera verdad lo que le decía, pero como si temiera romper el "hechizo" con preguntas sobre el tema, nada le preguntó y tan solo le dijo:
   -Gracias.
   Eligió la residencia del sur, le dejó anotado su nombre, después se despidieron y él se fue.
   Nunca volvería a verla.

   Tras unos días él se dirigió al lugar; se identificó y le abrieron el portón; entró y vio un predio enorme, verde, hermoso; después una empleada lo condujo hasta la casa en que se alojaría; era una mansión poblada de gente mayormente joven; la vivienda era tan grande que un par de cuartos eran equivalentes en tamaño a una casa normal entera; la empleada lo condujo hasta la habitación que le tenían reservada en una planta superior y le dijo:
   -Te quedás tres meses, ¿no? Hasta ahí es sin cargo para vos; es lo que me informaron.
   -Eeehhh… sí.
   -Bueno, en un rato se sirve la cena, así que preparate para bajar.
   -Bueno.
   Dejó su mochila llena de ropa sobre la cama y al rato se dirigió al comedor; una vez en la mesa entró en conversación con los demás residentes; eran todos artistas de algo, locales y extranjeros; uno le preguntó:
   -¿Cuánto te cobra la vieja por quedarte?
   Rápidamente se le ocurrió decir:
   -Un poquito.
   No quiso revelar que estaba ahí sin pagar porque presentía que los demás habían pagado, lo cual después confirmó al hablar con otros residentes, ya que el lugar era una residencia que la mujer de edad le alquilaba a artistas a módico precio en pos de promover la creación de arte; entonces entendió que la mujer en cuestión era una especie de Victoria Ocampo moderna y que él había recibido, aunque no fuera oficial, una beca.
   Si bien la ciudadela daba como para no salir nunca, la vida seguía pasando por el exterior durante el día, y, la noche, era el momento para volver.

   Una noche una chica se le acercó después de comer y le dijo:
   -Quienes idealizan a los artistas se decepcionarían si nos conocieran, incluso los mismos artistas.
   -¿Por qué?
   -Porque somos normales… …Una vez leí una nota a un músico que dijo que el artista es artista sólo cuando crea arte, el resto del tiempo es como cualquier otra persona, y es verdad, por eso debe ser decepcionante conocernos para quienes nos idealizan pensando que tenemos una forma especial de ver y sentir las cosas, y por eso muchos artistas hacen un personaje de sí mismos en sus vidas personales: para no decepcionar con su normalidad.
   Él, sonriendo le dijo:
   -A mí me gusta la normalidad.
   Ella dijo:
   -¿En serio?
   -Sí; me refiero a lo sencillo y positivo de la cotidianeidad.
   Ella lo pensó un poco y sonriendo dijo:
   -A mí también.

   Pasaron los días, las semanas y los meses que se compusieron de momentos que no voy a describir, y cuando hubieron pasado tres meses, el escritor se fue del lugar y a los pocos días intentó buscar a la mujer que le había dado la "beca" para agradecerle; llamó a sus antiguos coresidentes pero ninguno sabía dónde encontrarla; volvió a la residencia de artistas y preguntó por ella; le dieron una dirección del norte del gran Buenos Aires (San Isidro) donde podría encontrarla; fue a buscarla pero al preguntar por la mujer, quienes habían escuchado de ella decían que había habido una persona que correspondía a la descripción que él les dio, pero que hacía mucho que…
   Volvió a la estación de subte donde la había conocido esperando encontrarla; esperó varias horas pero ella nunca apareció. Entonces entendió que la mujer que le había dado la "beca" era la mismísima Victoria Ocampo que se había materializado para ayudarlo porque su pasión por el arte la había llevado en vida a alentar su creación, y aún tras morir dicha necesidad siguió existiendo en su espíritu, lo cual la hizo necesitar de volver de… bueno;… en realidad esto último es mentira.

   A pesar de su falta de reconocimiento y éxito comercial, no creo que en lo artístico el escritor la haya decepcionado.

viernes, 5 de mayo de 2017

El linyera tenía razón (cuento) - Martín Rabezzana

   Hasta los años sesenta, en temporada de verano eran muchos los colectivos que transportaban gente desde lo que hoy llamamos Ciudad Autónoma de Buenos Aires hacia el sur del Gran Buenos Aires durante los fines de semana; el objetivo era bañarse en el Río de la Plata cuyas costas habían visto desembarcar a los ingleses en el siglo diecinueve en sus infructuosos intentos de conquistar el país; en el siglo veinte dichas costas eran balnearios en que el microturismo interno abundaba y abundaban en el mismo, los bares, restaurantes y los vendedores ambulantes de refrigerios así como los espectáculos musicales, teatrales y cinematográficos, ya que hasta pantallas de cine se desplegaban en el balneario; hoy en día cuando los ancianos le cuentan todo esto a las nuevas generaciones, la pregunta general suele ser: "¿en serio?", y el descreimiento es comprensible dado que la contaminación del río hizo que después de los sesenta no fuera más apto para bañarse, lo cual resultó en que el turismo decreciera en más del noventa por ciento decreciendo paralelamente la economía de un lugar hasta entonces, próspero; la clase media alta que componía la zona del río se desplazó un par de kilómetros río afuera, de ahí que la parte alta camino al mismo sea pudiente y la zona ribereña sea marginal, lo cual crea un contraste infaltable en todo buen lugar, aunque la necedad a algunos les impida reconocerlo.

   Una tarde de la primera década del siglo veintiuno me los encontré durante una de mis largas caminatas; yo iba por la zona pudiente de la ciudad previa a la bajada en dirección al río; eran dos chicas y dos chicos de unos veinti algo; estaban vestidos con ropa algo anticuada y miraban sorprendidos a los autos y las casas a su alrededor; uno de ellos me preguntó:
   -Disculpame flaco, ¿no sabés dónde está la parada del colectivo que va para capital? No te digo un colectivo común, el de los turistas.
   Me sorprendí y le respondí:
   -No -y una de las chicas me dijo:
   -Lo que pasa es que en el río nos alejamos del grupo y parece que el colectivo en que vinimos se fue sin nosotros.
    La otra chica dijo:
   -Tendremos que volver a capital en tranvía.
   Por algún motivo no lo tomé en chiste, por lo que quise explicarles:
   -Las vías, como pueden ver, todavía están, pero el tranvía… -entonces me detuve; inmediatamente recordé que en los años noventa un linyera se me acercó mientras esperaba el tren y me dijo que en la zona alta de la ciudad, camino al río, cada tres años se abre un portal de tiempo que puede ser traspasado por aquellos cuyo sentir es el de estar en una época equivocada; yo asentí de forma condescendiente por compadecerme de lo que asumí que era un desvarío alcohólico, pero al ver a esos jóvenes sentí que lo que me había dicho podría ser cierto; proseguí diciéndoles lo siguiente:
   -El tranvía en cualquier momento pasa, así que, espérenlo acá. ¿Necesitan monedas?
   -No, gracias, tenemos -me dijo sonriendo una de las chicas. Después, ella y los demás se despidieron.
   -Chau.
   -Chau -les respondí y me fui.

   Al llegar a la esquina me escondí tras un árbol y los espié; se habían sentado en el cordón de la vereda y esperaban; tras unos cinco minutos el tranvía apareció de la nada y subieron; yo, que ya no dudaba de que fueran viajeros del tiempo, corrí hacia el tranvía con la intención de subirme y emigrar de esta época; no estaba lejos y creí poder alcanzarlo, pero esta vez, no sé por qué, sentí a las piernas pesadas como ocurre en los sueños al intentar escapar de algo (aunque esto no fuera un sueño), por lo que por más que corrí, no alcancé al tranvía que se fue sin mí;… …Maldije a mi suerte varias veces, después me calmé, me acuclillé para recuperar fuerzas y dije a media voz:
   -¡En tres años vuelvo!

domingo, 2 de abril de 2017

Para que el sueño no se repita (cuento) - Martín Rabezzana



   -Tengo desde hace mucho tiempo un sueño recurrente y no sé por qué; voy a encontrarme con una amiga que conozco desde la primaria (mi mejor amiga), estoy en el colectivo rumbo a su casa y miro por la ventanilla la calle, los negocios, las plazas y estoy contenta porque voy a reencontrarme con ella tras un largo viaje que hizo que la tuvo lejos mucho tiempo; cuando estoy por llegar y me levanto para bajarme, me despierto; nunca me reencuentro con ella en el sueño, y cuando me despierto me siento terriblemente mal. Al rato se me pasa, pero esos minutos tras despertarme son de profunda angustia.
   Su amigo le preguntó:
   -¿Desde cuándo soñás lo mismo?
   -Desde que murió.
   Tras unos segundos de silencio, su amigo le dijo lo siguiente:
   -Al morir el cuerpo, la conciencia que lo habitaba cambia de dimensión y nada de trágico tiene esto, por más que nuestra incomprensión del tema nos lleve a creer que alguien es compadecible por morirse, ya que en realidad el cambio dimensional que hace la energía vital es apacible, salvo cuando algo la retiene porque esa retención le dificulta el avance hacia otro nivel… A veces es la misma alma la que se lo dificulta al no querer soltar lo que tuvo en el mundo material, y otras, ese no querer soltar procede de los materialmente vivos que, sin querer, perjudican al alma por, como ya dije, dificultarle avanzar… …El que sueñes seguido con un reencuentro frustrado con ella significa que no la soltaste. No aceptaste emocionalmente su muerte y tu subconsciente te está mostrando que el reencuentro no es posible porque tu amiga ya no está acá;… tenés que dejar de soñar con ese reencuentro ya que eso te impide recordarla con alegría además de que, como ya dije, le causás malestar a su energía vital incorpórea al dificultarle seguir adelante.
   Ella lo miró entre esperanzada y triste y le dijo:
   -Pero, ¿cómo hago para dejar de soñar algo a voluntad?
   -Escribile una carta agradeciéndole por todo lo bueno que te dio su presencia en tu vida y no pongas nada triste; nada de “te extraño”, ni cosas semejantes; no expreses ningún deseo de hacer volver el tiempo atrás y reencontrarla; expresale sólo cosas positivas, deseale éxito en su camino y no te dirijas a ella como si hubiera muerto, sino como si se hubiera ido a otro país, ya que en realidad, eso es morir; no hace falta que sea una carta larga; algo sencillo y breve basta mientras sea sentido; ella donde está la va a leer, y si no podés escribirla sin llorar, rompé el papel y volvé a empezar las veces que te sea necesario para lograr escribir sin lágrimas (aunque una lágrima chiquita esté permitida); una vez terminada la carta, ponela bajo tu almohada; al otro día vas a despertarte con bienestar por haberla dejado ir, permitiéndole así seguir su camino de evolución espiritual y vas a poder recordarla con alegría; después de eso el sueño no se va a repetir (si se repite, volvé a intentarlo, pero no se va a repetir), y la carta, al otro día desechala; no te inhibas en ponerla en la basura ya que las palabras ya habrán llegado hasta ella y permanecerán en su conciencia para siempre haciendo innecesario que vos la conserves.
   La mujer asintió en silencio y esa noche, tras varios intentos, logro escribir la carta sin llorar, la puso bajo su almohada y al día siguiente se despertó sintiéndose bien; el sueño nunca más se repitió.

miércoles, 8 de marzo de 2017

El ser alado de San Pedro (cuento) - Martín Rabezzana

   Una madrugada del año 2014, dos parejas amigas se dirigieron a una laguna de la ciudad de San Pedro para contemplar el amanecer; faltaba casi una hora para que el sol saliera cuando llegaron; estacionaron la camioneta y bajaron; el frío era agradable y hacía a la infusión que compartían (mate) muy valorada; tras decenas de minutos uno de los varones se alejó de los demás y se acercó a la parte más elevada de los alrededores de la laguna, entonces divisó a lo lejos una especie de pájaro negro que se acercaba a la misma; cuanto más se acercaba, más se advertía lo extraño que era, por lo que llamó a su novia y amigos.
   -¡Che! ¡Vengan rápido!
   No estando seguro de que hubieran oído, insistió:
   -¡Vengan a ver esto! ¡Apúrensé!
   La novia de su amigo se acercó.
   -¿Qué pasa?
   -¡Mirá ese pájaro!
   El ser alado ya estaba a una distancia no muy lejana de ellos, entonces pudieron darse cuenta de que no era lo que parecía ser visto de lejos; sus alas negras se batían en el aire y poco antes de descender a orillas de la laguna, dejaron de agitarse y planearon. En ese planeo los dos espectadores pudieron apreciarlas en su verdadera y majestuosa dimensión; la mujer dijo:
   -No es un pájaro.
   El ser alado se acuclilló en una orilla como si buscara recuperar fuerzas; tras más o menos un minuto en que el hombre y la mujer, sumidos en una total sorpresa, lo miraron en silencio, el ser alado dirigió su mirada a ellos; lo más luminoso que había en él estaba en el brillo de sus ojos que, dirigidos hacia los espectadores, causaron miedo en ambos, lo cual llevó a la mujer a tomar la mano del hombre, entonces el miedo disminuyó y sintieron que los unía poderosamente algo que ya no era el temor; así permanecieron un rato; el miedo que habían sentido era infundado ya que el ser alado ningún daño iba a hacerles.
   Poco después, el ser se levantó, abrió sus alas, las agitó y se elevó; una vez que hubo llegado muy alto, se dirigió a media velocidad unos cien metros hacia el sur de la laguna como para tomar impulso, hizo una breve pausa y se fue a gran velocidad en dirección opuesta a la anterior exponiendo sus enormes y hermosas alas negras relucientes como el petróleo.
   El episodio duró unos tres minutos; en ese momento se acercaron los dos miembros restantes del grupo y la mujer le soltó la mano al hombre.
   El novio de la mujer, al acercarse, dijo:
   -¿Qué pasa? ¿Qué querías que viéramos?
   Él no respondió, la que respondería sería ella, pero en vez de contarles lo que habían visto, en parte por sentir que ellos no les creerían y en parte por sentir que al revelar su experiencia habría indirectamente revelado el lazo sentimental que se había creado durante el curso del acontecimiento, dijo:
   -Es que había una bandada de pájaros muy lindos; se la perdieron, pero bueh; ya pasará otra.
   El otro testigo del acontecimiento tampoco reveló nada y al rato llegó el sol cuya salida habían ido a ver.

   Como a las siete y media de esa mañana fueron a una cafetería a desayunar, y tras comentarle a la camarera que habían estado en la laguna, ella les dijo:
   -¿Y? ¿Lo vieron?
   -¿A quién? -dijo la mujer del grupo que no había presenciado el suceso.
   -Al ser alado; pensé que habían venido a verlo porque cada vez más gente viene por eso… es que hay una leyenda reciente en San Pedro sobre un ser alado que aparece de noche en la laguna; dicen que parece un pájaro negro enorme que sería el alma en pena de una persona que se suicidó por desamor ahogándose en sus aguas… se dice que vuelve para ayudar a las personas a encontrar el amor… ¡Pero claro! Es una leyenda; yo no creo mucho pero hay gente de mi confianza que dice haberlo visto, eso te hace dudar.
   Se miraron entre todos y el varón del grupo que no asistió al avistamiento del ser alado dijo sonriendo:
   -No. No vimos nada; ¡lástima! Habría estado bueno ver algo así; por ahí la próxima.
   La mujer y el hombre que habían visto al ser alado se miraron y sintieron una complicidad propia de la infidelidad, pero… ¡no habían hecho nada ni lo harían en esta vida!, por lo que la infidelidad había sido y seguiría siendo nula, sin embargo, en esos tres minutos que duró la contemplación por ellos compartida del ser alado, se había creado entre los dos un lazo sentimental cuya materialización habría de sucederse en el curso de futuras vidas.

miércoles, 15 de febrero de 2017

El dolor no nos sigue… (cuento) - Martín Rabezzana


   -¿No te gustaría ir al Caribe? Yo tengo el sueño de ir… debe estar buenísimo; también sueño con ir a la India, a Japón… ¡bah! Sueño con viajar en realidad, y a muchos lugares… …Para mí que es mentira eso de que el bienestar y el malestar los lleva uno consigo y el lugar en que esté no los determina… yo creo que mi felicidad no puede estar acá, yo siento que está esperándome en uno de esos lugares hermosos lejanos y cuando junte plata, hacia ellos voy a ir y la voy a alcanzar… …¿No te pasa igual?
   Su familiar lo miró con expresión de desacuerdo y dijo:
   -A mí no me interesa ir a ninguna parte más que de turista, y en lo referente a la felicidad… Pensá: una película puede tener un hermoso set de filmación, hermosos intérpretes, pero si bien al principio esas cosas bastan para generar interés, con el pasar de los minutos lo que determina si la película es buena o mala, es el guión; si el guión es malo, ninguna de esas cosas hermosas la salva. Con la vida pasa igual; el lugar en que vivas puede ser hermoso pero es solamente el "set de filmación" en que se desarrolla tu "película" (tu vida). El guión lo componen tus relaciones sentimentales, de amistad, laborales y la relación que tengas con tu propia persona; si ninguna de esas cosas es satisfactoria, tu “película” (tu vida) no puede ser buena por “set de filmación” hermoso en que se desarrolle, y también pasa al revés; si dichas relaciones son buenas, tu “película” va a ser buena aunque el “set de filmación” no sea muy lindo… …La verdad es que se puede ser feliz o infeliz en cualquier parte.
   El aspirante a viajero lo miró con una sonrisa irónica expresando así que no estaba en absoluto convencido de los fundamentos que acababa de escuchar, por lo que dijo:
   -¡Dale, che!... Para mí que querés creer eso porque no tenés un mango para ir a ningún lado, ¡que si lo tuvieras, te rajarías de acá ahora mismo!
   Su familiar lo miró unos segundos en silencio, asintió, y lejos de discutirle, cedió.
  -Puede ser… no soy el dueño de la verdad; tal vez tu felicidad sí esté en un lugar lejano y al concretar tu viaje soñado por el mundo, la encuentres, y tal vez se aplique lo mismo a mí; tal vez nuestro malestar esté acá y al alejarnos el mismo quede atrás… …Ssseeee… por ahí se equivocó el escritor Antonio Porchia cuando sentenció: “El dolor no nos sigue: camina adelante”.
   El aspirante a viajero se sorprendió ya que se esperaba que su familiar le discutiera sus conceptos y no que le terminara dando la razón, sin embargo, esto último ocurrió.

   Pasaron los años y el aspirante a viajero juntó plata (laburando de cualquier cosa) y se fue lejos; dejó de ser un aspirante a viajero y se convirtió en un viajero consumado; tras pocos años su vida trashumante contaba con más viajes que la de un tenista.
   Un día llamó desde un país lejano al familiar con quien tuvo la conversación recién expuesta.
   -¡Hola! Habla “ “.
   -¡Uuhhh! ¿Qué hacé’? (más todo lo que se dice en estos casos) -y tras algunos minutos de conversación alegre en que el viajero parecía ser poseedor de un gran bienestar, su familiar le dijo:
   -¿Sabés qué? ¡Te re envidio, chabón! A mí me encantaría viajar a todas partes como vos; era verdad eso de que por no tener los medios para irme me quería convencer a mí mismo de que el bienestar es independiente del lugar en que se esté, vos con tu experiencia lo confirmás, por eso en cualquier momento agarro la mochila y me voy a buscar la felicidad, y la voy a encontrar como la encontraste vos.
   -¡Naaaa! ¿Me decís en serio?
   -Sí.
   Entonces el viajero se puso serio y tras unos segundos, denotando un gran dolor en su voz, se dispuso a revelar su verdadero estado de ánimo.
   -Si de verdad pensás irte, hay algo que tenés que saber.
   -¿Qué?
   -¿Te acordás de la frase del escritor que citaste ese día que hablamos sobre si el lugar determina tu felicidad o tu infelicidad?
   -Sí. Era una frase de Antonio Porchia. ¿Qué pasa con eso?
   -Y… pasa que;… tenía razón.

sábado, 14 de enero de 2017

Sentir sin tocar (cuento) - Martín Rabezzana

   El salir a vagar solo por las calles con la expectativa de que algo bueno ocurra, es generalmente decepcionante ya que ese “algo”, rara vez se presenta, no obstante, como ningún sentir es eterno, la decepción en algún momento se va y las ganas de volver a intentar encontrar algo bueno, regresan.

   La ropa un tanto desalineada contrastaba con la afeitada de publicidad que lucía y el físico (algo, al menos) atlético, lo cual llevaba a algunos a pensar automáticamente en alguien marginal o de clase media descuidado de su estética, pero mientras ella esperaba sentada en una calle peatonal a que su acompañante llegara, no pensó una cosa ni la otra, pero algo pensó de él, ya que al pasar a su lado lo miró con los ojos muy abiertos exponiendo así una clara sorpresa que él interpretaría como causada por la duda respecto a su edad; nada pasó esa vez, pero la semana siguiente él decidió hacer el mismo recorrido a la misma hora (no por verla, pero…) y ella estaba ahí de nuevo; una persona pedía limosna y él le dio un billete, tras lo cual fue agradecido; la chica estaba a metros delante de él; se le acercó y le dijo:
   -Vos me diste un panfleto hace mucho.
   Él sonrió, asintió y se pusieron a hablar mientras caminaban por las calles alejándose de la peatonal en que ella esperaba a alguien; hablaron de cosas elementales un rato y después ella le contó algo muy personal que ameritaba que él hiciera lo propio, por lo que al ella preguntarle:
   -¿Alguna vez te sentiste en serio cerca de alguien? -Él asintió y le contó lo siguiente:
   -Recién nos habíamos conocido, sin embargo ella me contó cosas muy personales, me habló de su hija, de lo de antes de su hija… me confió cosas muy importantes como si hubiéramos sido amigos íntimos o como si hubiera sido vieja, ya que es propio de los viejos el contarle a un recién conocido cosas muy personales, pero ella tenía veintitrés años, y cuando le hice notar lo importante de sus confidencias, no quiso volver a hablarme, tal vez por haberse dado cuenta de que con las mismas le había abierto imprudentemente la puerta de su intimidad a un extraño, o tal vez por sentir que había sido el dolor acumulado durante años lo que la llevó a necesitar compartirlo con alguien buscando así disminuirlo y no el gusto por mí… al pensar en la falta del mismo decidió alejarse… tal vez haya sido por una cosa, por la otra o por ninguna de ellas; sólo puedo suponer ya que no sé qué la llevó a intimar emocionalmente conmigo y poco después a alejarse de mí sin siquiera despedirse;… primero me enojé por su alejamiento pero después aprecié la atención que me dedicó y lo que conmigo compartió entendiendo ya que nada dura para siempre y que muchas de las mejores cosas de la vida, como el sentirse útil y cerca de alguien como me sentí en mis conversaciones con ella, generalmente duran breves momentos y lejos de ser positivo el resentirse por dichos momentos pasar rápido, hay que aprender a reconocerlos para así apreciarlos, por lo que terminé recordándola con aprecio y sintiéndola parte de mí porque lo que ella me dio no se perdió, ya que quedó guardado en mi corazón.
   Ella no entendió del todo y le preguntó:
   -Pero, ¿estuviste con ella en el sentido de...?
   -No. El no habernos siquiera tocado nos permitió acercarnos emocionalmente mucho más que si hubiéramos intimado físicamente… al pensar en ella y al ella coincidir en su pensamiento hacia mí, logramos estar uno dentro del otro sin necesidad de tocarnos… …Se puede tocar sin sentir y también se puede sentir sin tocar.
   Tras algunos segundos de silencio, él le preguntó:
   -¿Vos estuviste así de cerca de alguien alguna vez?
   -…No (tal vez al recordar la conversación acá expuesta, ella considere que la respuesta debió haber sido “sí”).
   Siguieron caminando y se aproximaron al lugar donde ella tenía que seguir esperando, entonces él se dispuso a irse y ella le dijo:
   -¿Ya te vas?
   -Y sí.
  -¿Por qué?
   -Porque allá viene tu novio… Chau.

El discursista (cuento) - Martín Rabezzana

   -¡Siempre buscándole el error, la falta a los demás para después exponerla y sentirte buena persona!... ¿Te das cuenta de qué es lo que te motiva a criticar? La búsqueda del sentir de inocencia, ya que mientras criticás a otros por lo que para vos son defectos, desviás la atención de tus propias faltas, y en pos de sostener en el tiempo ese sentir de inocencia tenés que criticar continuamente, y cuando criticás continuamente te llenás de una energía negativa que daña no sólo a los demás, sino también a tu propia persona… …¿No entendés que el dedicarse a buscar defectos ajenos es un defecto en uno mismo? ¿No entendés, que, como reza el dicho: “por criticar los defectos ajenos no disminuyen los tuyos”? ¿No entendés que la crítica es infelicidad y que cada vez que criticás te hacés más infeliz? ¿No entendés que al criticar exponés tu animosidad y debilidad emocional y que en base a eso se puede llegar a saber si sos alguien realizado o fracasado? Es decir, TODO lo que no querés que se sepa de tu vida personal se puede llegar a saber prestando atención a lo que decís de los demás… ¿No entendés que lo que te hace buena persona es lo positivo que hagas por otros y no lo negativo que en otros remarques? ¿No entendés que cada vez que hablás o pensás mal de alguien aumenta tu propio malestar?... …El que se dedica a hablar o a pensar mal de los demás, ¡está mal él, porque si no lo está, no hace eso! ¿Cómo no lo entendés? ¡Si es algo taaaan obvio!
   El individuo al que le era dirigido el discurso permanecía distante y de espaldas al discursista; su fisonomía no podía apreciarse debido a la semipenumbra en que se encontraba; el discursista se le acercó y lo tocó en el hombro para que se diera vuelta, lo cual hizo, pero cuando tuvo al individuo de frente no pudo ver claramente su rostro por la oscuridad.
   El discursista le preguntó:
   -¿Me entendiste?
   El individuo asintió con la cabeza, entonces se hizo la luz que lo iluminó, pero la misma era tan brillante que deslumbraba, por lo que su rostro tenía un brillo encandilante que impedía que el discursista lo reconociera, pero poco a poco fue disminuyendo hasta que lo pudo reconocer, entonces se sorprendió, se despertó y dijo:
   -Era yo.