sábado, 14 de enero de 2017

El discursista (cuento) - Martín Rabezzana

   -¡Siempre buscándole el error, la falta a los demás para después exponerla y sentirte buena persona!... ¿Te das cuenta de qué es lo que te motiva a criticar? La búsqueda del sentir de inocencia, ya que mientras criticás a otros por lo que para vos son defectos, desviás la atención de tus propias faltas, y en pos de sostener en el tiempo ese sentir de inocencia tenés que criticar continuamente, y cuando criticás continuamente te llenás de una energía negativa que daña no sólo a los demás, sino también a tu propia persona… …¿No entendés que el dedicarse a buscar defectos ajenos es un defecto en uno mismo? ¿No entendés, que, como reza el dicho: “por criticar los defectos ajenos no disminuyen los tuyos”? ¿No entendés que la crítica es infelicidad y que cada vez que criticás te hacés más infeliz? ¿No entendés que al criticar exponés tu animosidad y debilidad emocional y que en base a eso se puede llegar a saber si sos alguien realizado o fracasado? Es decir, TODO lo que no querés que se sepa de tu vida personal se puede llegar a saber prestando atención a lo que decís de los demás… ¿No entendés que lo que te hace buena persona es lo positivo que hagas por otros y no lo negativo que en otros remarques? ¿No entendés que cada vez que hablás o pensás mal de alguien aumenta tu propio malestar?... …El que se dedica a hablar o a pensar mal de los demás, ¡está mal él, porque si no lo está, no hace eso! ¿Cómo no lo entendés? ¡Si es algo taaaan obvio!
   El individuo al que le era dirigido el discurso permanecía distante y de espaldas al discursista; su fisonomía no podía apreciarse debido a la semipenumbra en que se encontraba; el discursista se le acercó y lo tocó en el hombro para que se diera vuelta, lo cual hizo, pero cuando tuvo al individuo de frente no pudo ver claramente su rostro por la oscuridad.
   El discursista le preguntó:
   -¿Me entendiste?
   El individuo asintió con la cabeza, entonces se hizo la luz que lo iluminó, pero la misma era tan brillante que deslumbraba, por lo que su rostro tenía un brillo encandilante que impedía que el discursista lo reconociera, pero poco a poco fue disminuyendo hasta que lo pudo reconocer, entonces se sorprendió, se despertó y dijo:
   -Era yo.

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