lunes, 7 de mayo de 2012

Ma soeur Anabela, je t'aime (cuento) - Martín Rabezzana

   Ella tenía veintiún años y su hermano veinticuatro; se habían conocido hacía cuatro meses; la chica era poseedora de una dulzura impropia de una mujer hermosa como era, ya que esas mujeres capaces de crear pasión sin ningún esfuerzo, no aprecian y hasta desprecian en general a quienes ante ellas se rinden aún cuando no busquen en ellas sólo la satisfacción de sus necesidades sexuales, sino también emocionales.
   Estaban sentados a la mesa tomando mate. Él le dijo:
   -Vos sos muy religiosa y yo no sólo no creo en dios, sino que además, de existir, no creería en su bondad, razón por la cual estaría en su contra.
   La chica le dirigió una mirada bondadosa que demostraba cuánta tolerancia no religiosa monoteísta tenía ante las opiniones opuestas a las suyas.
   -Vos puedes...
   -El "vos" se usa con el "podés".
   La chica sonrió.
   -¡Está bien hermanita! Ya vas a aprender nuestro castellano.
   Ella volvió seria su expresión.
   -Ya hablo bien, pero cometo todavía algunos errores de principiante.
   Permanecieron en silencio algunos segundos, después él dijo:
   -¿Por qué quisiste conocerme?
   -Porque sos mi hermano. Sos de mi sangre.
   Él dijo con desprecio:
   -La sangre no vale nada.
   La chica pensó un poco antes de decir:
   -Mis padres me enseñaron a apreciar a la familia, para ellos...
   -¡Callate, callate! ¡No quiero escuchar hablar de esos hijos de puta!
   -¡No son unos hijos de puta!
   -¡Es fácil para vos decirlo, ellos no te abandonaron al nacer!; a mí sí.
   La chica lo miró con piedad.
   -Se equivocaron, pero tenés que perdonarlos.
   -¡Yo no perdono nada!... Yo entiendo el desprecio fundado, pero no el deliberado... Si alguien me conoce ahora y me desprecia, lo entiendo, ¡pero ellos me despreciaron cuando era bebé!... ¡¿Cómo se puede ser tan basura como para hacer eso?!... No lo entiendo... ¡Despreciaron a un bebé!
   -Por ahí si hablás con ellos...
   -¡No! ¡No los quiero ni ver!... ¡Por mí que se mueran!
   Anabela llevó una mano al rostro de su hermano y lo acarició, entonces él denotó en su expresión una gran fragilidad resultante de su gesto afectuoso; ella le dio un beso y él la alejó. Le dijo:
   -Pará.
   -¿Qué pasa?
   - Me hace daño tu afecto.
   -¿Por qué?
   -Porque yo necesito todo de vos y vos no me lo querés dar.
   Ella se mostró desconcertada.
   -¿Qué necesitás que yo no te dé?
   Tras algunos segundos él la besó en la mejilla y la abrazó, después acercó sus labios a los suyos y ella se apartó, entonces le dijo:
   -Somos hermanos.
   -Somos "ella y él"... Necesito tu amor.
   -¡Ya lo tenés! ¡Yo te quiero!
   Él tras algunos segundos se levantó y dijo:
   -Aunque "querer" signifique "amar", es el "te amo" una expresión de amor profundo casi exclusivamente sentimental, y eso es lo que yo siento por vos... ¡Yo te amo, Anabela!
   Ella no quería lastimarlo. Repitió el argumento de rechazo más obvio y cercano que tenía.
   -Somos hermanos.
   Él la miró profundamente a los ojos y volvió a decir:
   -Yo te amo.
   Ella se levantó y se le acercó; él una vez más intentó besarla y ella se volvió a apartar; él dijo:
   -¡Está bien, no te preocupés! No voy a volver a intentar besarte nunca más.
   Él se volvió a sentar y ella también; ella dijo:
   -Yo te quiero dar el amor que no te dieron mis padres, pero te puedo dar un amor absolutamente incondicional y profundo de hermana porque eso es lo que soy; ¡no puedo ser tu hermana y tu novia a la vez!
   -¡Sí podés! Si yo no te gusto decímeló, pero no me digás que no podés sentir amor sentimental por mí por ser mi hermana porque yo soy tu hermano y lo siento por vos.
   Anabela se sintió muy mal; el tener que rechazar a un hombre era algo que había hecho muchas veces, pero siempre le dolía porque lejos de molestarle que alguien se interesara en ella, lo apreciaba, pero esta vez era aún más doloroso porque no se trataba de rechazar a un extraño ni a un amigo, sino a un hermano al que había querido aún antes de conocer; "tenés un hermano en Argentina", le había dicho su madre cuando era adolescente, ella al saberlo sintió la necesidad de conocerlo, razón por la cual se puso a estudiar castellano y a ahorrar plata para viajar a Buenos Aires.
   Él después de un extenso silencio le habló.
   -Los sueños son difusos generalmente, pero yo me acuerdo de uno perfectamente; conocía a mi mamá y le decía: "¡Hola mamá! ¡Me muero de ganas de abrazarte!" Y ella me miraba con desprecio y se alejaba... ...¿Vos sabés algo de desprecio?
   -Yo no desprecio.
   -No te digo de despreciar, sino de haber sido vos despreciada... ¿Sabés lo que es que te abandonen al nacer?... yo sí.
   La chica con semblante compasivo dijo:
   -Yo me siento mal por vos y te quiero hacer sentir mejor.
   -¡No te sintás mal por mí! ¡Sentite mal por los que no tienen en dónde vivir, por los que no tienen qué comer! A mí nunca me faltó nada, lo único malo que me pasó en la vida es no haber sido querido nunca por ninguna mujer... ni siquiera por mi mamá.
   La visión de la palidez de su rostro que tanto contrastaba con la oscuridad de su pelo le encantaba; si bien uno puede enamorarse de alguien cuya personalidad le resulta desagradable (ya que el enamoramiento es irracional), éste no era el caso; ella tenía todas las características que a él le gustaban en una mujer; su dulce expresión era el reflejo exacto de la dulzura de su alma; la compasión abundaba en ella y eso era algo que lo atraía ya que la misma existe en gran cantidad en muy pocas personas, y al ser él una de ellas, junto a Anabela no se sentía más solo.
   Ella con énfasis dijo lo siguiente:
   -Si ninguna mujer te quiso, entonces yo soy la primera... Nunca más vas a sufrir la falta de amor porque me tenés a mí.
   Él con resignación le dijo:
   -No. No te tengo; el no tenerte como yo necesito me duele mucho, y debido a eso el verte hace a mi dolor aún mayor...
   Ella permaneció en silencio sin saber qué decir; él dijo:
   -No te quiero ver más.
   Ella se sintió muy dolida y no dudó siquiera un segundo que él hablara en serio; sabía que lo único que podía hacer para que su relación no terminara ese día era darle lo que necesitaba, por lo que dijo:
   -Si sólo puedo hacerte feliz entregándome a vos, entonces lo voy a hacer... Pedime lo que quieras.
   Él no se alegró al escucharla.
   -No; si vos te entregás a mí sólo por compasión, no te puedo aceptar; yo quiero que vos necesites entregarte a mí por amor, no por compasión... ...¡Sos re buena, sos re buena persona! Preferís complacer a los demás a complacerte a vos misma, por eso te amo, pero yo quiero que vos seas feliz y por eso quiero que estés con aquel que tenga la suerte más grande del mundo que es la de enamorarte... ...Nosotros nos tenemos que alejar.
   Anabela se puso a llorar.
   -¡No llorés mi amor, no llorés!
   Él le extendió los brazos y ella lo abrazó. Él le dijo:
   -Vos vas a ser siempre importante para mí.
   -¡Vos también para mí!
   -Ahora te tenés que ir -él la alejó.
   Ella se arrojó a sus brazos y con los ojos llenos de lágrimas, le dijo:
   -¡No me quiero ir!
   Después de algunos segundos de silencio, él con dolor en su mirar, pronunció lo siguiente:
   -Si me querés te tenés que ir. ¿Vos me querés?
   Ella asintió.
   -Entonces andate.
   Se contemplaron profundamente sin hablar y después él le dio muchos besos y ella también a él, tras lo cual se separaron para siempre.

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